Hay necesidad de los ancianos

El cristianismo, de forma orgánica, siempre favoreció la armónica convivencia de las generaciones. En las familias, en el trabajo sea rural o urbano, en las instituciones religiosas y civiles, el trato frecuente e íntimo entre viejos, adultos y jóvenes constituye el orden natural de las cosas que a todos beneficia, enriquece y agrada. La separación y exclusión artificial por edades es propia de esa "modernidad sin memoria", de que nos advierte el Papa.

Hoy, incluso instituciones laicas, con finalidades prácticas y materiales, se dan cuenta de que el menosprecio "moderno" por la ancianidad fue un gran error.  Del 8 al 12 de abril de 2002 se reunió en Madrid la Segunda Asamblea Mundial sobre Envejecimiento, organizada por las Naciones Unidas.

Su Plan de Acción propone dar oportunidades a la población anciana para participar plenamente en la vida económica, política y social de su medio. Entre los puntos de acuerdo está el reconocimiento de la importancia crucial de las familias[1].

Las circunstancias de desintegración de la familia, paradójicamente, han propiciado, con cierta frecuencia, que las abuelas asuman cada vez más papeles educativos de sus nietos.

 


[1] Cf. El Mundo, 13-4-2002.

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