Si bien no es nuestro campo de acción específico, no podemos dejar de decir una palabra sobre los medios espirituales y sobrenaturales con que debemos contar en esta lucha de recuperar, para la institución de la familia, no sólo el lugar central que le es natural, sino llevarla a un auge de perfección para que pase a ser el foco que irradie todas las virtudes que la sociedad urgentemente necesita.

"A Dios rogando y con el mazo dando". Los medios de ayuda sobrenaturales los debemos pedir. La oración, la vida espiritual bien llevada, el testimonio personal, el sacrificio y hasta el holocausto, son los otros grandes medios de acción de que disponemos. Ellos están al alcance de todos, en cualquier momento. Cuando el hombre se decide a colaborar con la gracia, todo bien es alcanzable.

Y este bien, sin duda, forma parte de la promesa de Nuestro Señor Jesucristo de que las puertas del infierno no prevalecerían. Confiamos plenamente, aún, en las palabras proféticas de Nuestra Señora en Fátima, de que su Corazón Inmaculado triunfará. Un triunfo que, evidentemente, será en la tierra, pues Ella ya reina en el Cielo. Un triunfo que no puede demorarse, una vez que el proceso de putrefacción y destrucción de la familia llega a límites inimaginables y no tardará el día en que la sociedad, como el hijo pródigo, habrá de volver a la casa paterna.

Es ésta la otra gran dimensión de la causa en pro de la familia que aquí proponemos. Dimensión también exigente, que puede llegar al heroísmo. El Papa Juan Pablo II hizo un llamamiento a los jóvenes en este sentido, que toma aquí toda su actualidad. Nos dice él:

"El Evangelio, en verdad, nos presenta un Cristo muy exigente, que convida a la radical conversión del corazón (cf.  Mc, 1, 5) [...]. Particularmente, en lo que concierne a la esfera sexual, es notoria la firme posición por Él tomada en defensa de la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt. 19, 3-9) y la condenación proferida también delante del adulterio aunque sea sólo del corazón (cf. Mt. 5, 27 y ss.). ¿Y cómo no quedarse  impresionado con el precepto de ´arrancar el ojo´ o ´cortar la mano´, si tales partes del cuerpo fueren ocasión de ´escándalo´? (Cf. Mt. 5, 29 y ss.).

¿Delante de estas precisas referencias evangélicas es realista imaginar un Cristo ´permisivo´ en el campo de la vida matrimonial, en materia de aborto, de las relaciones sexuales prematrimoniales, extramatrimoniales u homosexuales? Con seguridad no fue permisiva la primitiva comunidad cristiana, instruida por aquellos que habían conocido personalmente a Cristo [...]. La permisividad no hace a los hombres felices"[1].

 

 

[1] Discurso a los jóvenes en Amerstoort, Holanda, 14-5-85, en L´Osservatore Romano, 16-5-85.

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