La Familia, ambiente propio para los ancianos

Aún es común encontrar los ancianos animados, simpáticos y corteses de antaño.  Cuánta confianza, cuánto respeto inspiran. Ellos no ocultan su decrepitud física, ni de ella se avergüenzan, pues saben que, a través de las exterioridades de la decadencia orgánica, reluce el apogeo moral de los valores del alma. Son afables, solícitos, sabios consejeros de la familia. No tienen otro placer que el del hogar, ni otra preocupación sino meditar sobre la vida y prepararse para la muerte.

Entretanto, la vida moderna significa para ellos un drama silencioso que enfrentan con dignidad. El control de la natalidad hace que pocos niños circulen en su ambiente. El divorcio, muchas veces, desunió las familias de sus descendientes.

Un millón ochocientas mil personas mayores de 65 años viven solas en España, gran parte obligadas por las circunstancias[1].

Muchos otros fueron sacados de su entorno familiar y colocados en residencias, donde el apoyo de los suyos es sustituido por el de manos caritativas, pero que no dejan de ser extrañas.

Es comprensible, que muchas veces, los ancianos sean reticentes a dejar la casa, los muebles, los objetos; en fin, todo el ambiente que plasmaron a través de los años en su hogar. Es doloroso abandonar ese ambiente, poblado de recuerdos de su vida y de sus antepasados, en una edad en que los valores del espíritu y los imponderables representan algo mucho más valioso que las comodidades y los bienes materiales.

Sin lugar a dudas, la familia fue y siempre será el mejor ámbito que existe para que los ancianos vivan. Del vigor de esta institución depende, pues, en gran parte, que su soledad y sus sufrimientos sean suavizados.

 

 


[1] Cf. Informe Las personas Mayores en España, del Instituto de Migraciones y Servicios Sociales del Ministerio de Trabajo, en Alfa y Omega, 19-6-2002.

 

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